Sean Connery y Marbella, un matrimonio que acabó en divorcio 1

Sean Connery y Marbella, un matrimonio que acabó en divorcio

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Durante más de dos décadas Marbella fue el lugar en el mundo elegido por Sean Connery para disfrutar de sus retiros dorados entre película y película. Acababa de rodar ‘Diamantes para la eternidad’, la última y más floja película de la saga de 007 que lo tuvo como protagonista -aunque 12 años después tendría un retorno fallido en ‘Nunca digas nunca jamás’- y quienes le conocieron aseguran que nada le interesaba más que el golf. Encontró en la Marbella dorada de aquellos años el refugio ideal y aunque al principio aterrizó con estancias prolongadas en el Marbella Club y en Incosol se acabó comprando una villa a pie de mar, entre Puerto Banús y San Pedro Alcántara, a la que bautizó Malibú.

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Su luna de miel con Marbella fue prolongada. Duró más de veinte años en los que era usual verlo junto a su mujer Michelline Roquebrune, a quien conoció en 1972 en Marruecos, en fiestas en el Marbella Club a las que solían acudir muchas otras estrellas de Hollywood de la época o cenando en el restaurante Santiago, otro de los puntos de encuentro obligados. Sin embargo, lo más habitual era encontrarlo en los campos de golf Las Brisas, Aloha y Los Naranjos.

Fue precisamente una foto en la que se lo veía en un carrito de golf lo que desencadenó el divorcio de Connery con Marbella. Corría 1995 y por aquel entonces ya se comentaba el disgusto del actor con la deriva urbanística que la ciudad padecía bajo la batuta de Jesús Gil. Su villa en primera línea de playa comenzaba a estar rodeada de bloques que, aunque de lujo, cambiaban la fisonomía de la zona. Ese año se celebraron elecciones municipales y en su campaña para la reelección el equipo de campaña de Gil elaboró un vídeo en el que se glosaban las bondades de la ciudad y de la gestión del alcalde. La inclusión de la imagen de Connery en el carrito de golf como testimonio del atractivo que Marbella ejercía sobre personalidades de primer nivel provocó la ira del actor, que hizo valer sus derechos de imagen y reclamó su retirada. Gil accedió, pero aquello fue la gota que colmó el vaso. Por aquellos días un tabloide británico publicó la noticia de una supuesta aventura extramatrimonial del actor con una inglesa residente en Marbella. No sabe cuál fue el episodio desencadenante, pero Connery y Micheline decidieron poner un mar de por medio, vendieron Malibú y se marcharon a las Bahamas.

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Pasarían casi 15 años para que la operación de la venta de Malibú, en cuyo suelo se construyó un complejo de 72 apartamentos de lujo como los que Connery tanto detestaba, saltara al primer primer plano convertido en escándalo. La policía detectó una operación urbanística ilegal y de blanqueo de capitales en la que tanto el actor como su mujer fueron imputados junto a un grupo de abogados y de ex responsables municipales, entre ellos Juan Antonio Roca y Julián Muñoz. La operación, que se inició con el registro del despacho del abogado que llevaba en Marbella los asuntos del actor, llevó el nombre de una de las más célebres películas de James Bond: Goldfinger.

Connery siempre se negó a colaborar con la investigación y llegó a utilizar sus influencias al más alto nivel para intentar que no se lo relacionara con el caso. El juez instructor tuvo que pedir amparo después de recibir una carta en tono amenazante del entonces embajador británico en España, Giles Paxman, que le trasladaba las protestas del actor por el hecho de que se hiciera pública su imputación en la causa. «Sir Sean ha manifestado que la mera revelación pública de estos supuestos procedimientos penales no sólo afecta su imagen pública sino también le causa un perjuicio financiero notable, evidente y cuantificable, por lo cual se reserva el derecho de poner una demanda contra las personas responsables», afirmaba el diplomático en el escrito.

Ni el intérprete de James Bond ni su mujer acudieron a declarar cuando fueron citados y no fue hasta 2014 cuando Connery accedió a prestar testimonio. Lo hizo desde Bahamas mediante una declaración jurada en la que negó toda responsabilidad en la operación, negó conocer a Gil, a Roca y a Julián Muñoz y advirtió de que no se sometía »en modo alguno a la jurisdicción del juzgado español» ni admitía la validez de la solicitud de auxilio judicial librada por las autoridades españolas a las de Bahamas. Sobre su relación con Jesús Gil aseguró: «Creo que le vi en un acto público, no considero que eso pueda definirse como que lo conocía. No mantuve ninguna relación con él. En los años 90 insté a mi abogado Héctor Díaz-Bastién para que requiriese legalmente al señor Gil que retirase el vídeo de la campaña política a su reelección como alcalde de Marbella que contenía imágenes mías que sin mi consentimiento ni autorización fueron incluidas en dicho vídeo. El requerimiento fue atendido«.

Sobre la causa que se investigaba, aseguró que se había desvinculado de las dos sociedades participantes al transferírselas a su mujer. Por este motivo, Micheline siguió como imputada y el actor fue sobreseído. Su última vinculación con Marbella, la judicial, se acabó en aquel momento.

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