La lírica tira de épica en Málaga 1

La lírica tira de épica en Málaga

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La lírica tira de épica en Málaga 2

Suenan los aplausos de despedida y con ellos llega de manera inesperada, casi también irremediable, el eco lejano de uno de los comienzos más populares de la historia de la literatura: «Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas…».

Las primeras líneas de ‘Historia de dos ciudades’ de Charles Dickens. Porque parece que hubiera dos ciudades, dos realidades, aquí, en medio de esta pandemia. En una vivirían quienes cada día le sostienen la mirada a la incertidumbre para seguir adelante; en otra ni viven ni dejan vivir los agoreros, los profetas del ayer. En el Teatro Cervantes llevan meses instalados en la primera de esas dos ciudades y fruto de ese tesón ayer se ponía en escena, contra viento y pandemia, su nueva temporada lírica con una palpitante versión en concierto de ‘Simon Boccanegra’.

Y había algo de volver a empezar, de aquel ‘Como decíamos ayer…’ atribuido a Fray Luis de León como comienzo de su primera clase después de haber pasado años en prisión. Porque después de otro encierro, de más de siete meses sin ópera en Málaga, ese ‘Como decíamos ayer’ cobraba fuerza, voz y carne frente a la figura totémica de Carlos Álvarez, metido en la piel de Alfonso XI en ‘La favorita’ que se representó en el Cervantes unos días antes de la declaración del estado de alarma y ahora enfundado en el papel de Simon Boccanegra. Y desde su imponente despliegue interpretativo, Álvarez se echó a la espalda el montaje, la apuesta misma de poner en pie y en escena una ópera en medio de la adversidad.

El Cervantes había esperado hasta el último momento para anunciar su trigésimo segunda temporada lírica, después de lograr por parte de las autoridades sanitarias un aumento en el aforo reducido hasta pasar de las 200 a las 460 butacas. Sin embargo, el público congregado ayer en el teatro de la capital malagueña estuvo más cerca de la primera cifra que de la segunda.

Tiró de épica la lírica y quien se acercó al Cervantes pudo llevarse una experiencia vibrante, más poderosa que las circunstancias, marcada por estrictas medidas de seguridad sanitaria, con los intérpretes con la mascarilla puesta siempre que no ponían voz a la partitura de Verdi –incluso para entrar y salir de escena–, como también los maestros de la Orquesta Filarmónica de Málaga y el cuerpo del Coro de Ópera de Málaga, todos sobre las tablas de un escenario recrecido para darles cabida y cumplir, de nuevo, con lo marcado en la normativa.

Brillan Ignacio y Gorrotxategui

Pero todo aquello quedó en un segundo plano ante unas interpretaciones de intensa emotividad, desde la pasión de Rocío Ignacio como María Boccanegra hasta la sobria solvencia de Giacomo Prestia en el papel de Fiesco. Y junto a ellos, a la buena sombra de Álvarez, un imponente Andeka Gorrotxategi como Gabriele Adorno. Su monólogo en los primeros compases del segundo acto queda para el recuerdo.

Como también grabado a fuego queda el Simon Boccanegra de Carlos Álvarez, con aires de fiera enjaulada durante demasiado tiempo y demasiado lejos, por fin desatada al llegar a su propio terreno. Brilló Álvarez y emocionó hasta el tuétano, pese a todo, con una interpretación a flor de piel, a contrapelo casi, capaz de llevar de la mano al público hacia la magia de olvidar todo lo que tiene alrededor para quedarse a vivir, aunque sea durante un par de horas, en la ciudad imaginaria – quizá no tanto– de quienes piensan vender cara su derrota frente al miedo.

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