CINEMANÍA nº307 1

CINEMANÍA nº307

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Invita la casa

1 CIFRAS Y LETRAS. En Ursula Andress ni me fijé. Era un chaval que no entendía nada. Con Peter Sellers, David Niven, Woody Allen y aquellos colorines tontorrones me bastó para tomarle cariño a esa astracanada que era Casino Royale, la de la multiplicación de los James y los Bonds, la película que solo sirvió para inspirar a Austin Powers. Le Chiffre era el villano interpretado por Orson Welles que se enfrentó al 007 de pichiglás fuera de la franquicia. Aquella era una película rara, fallida, donde el director de Ciudadano Kane puso la jeta por la pasta para seguir con sus proyectos locos.

El renovado Le Chiffre del Casino Royale de Daniel Craig (007 único, sin bobadas) era distinto a otros malos de Bond porque no era un científico pirado ni un psychokiller, sino que también estaba metido en el ajo por el dinero. Como a Welles, el personaje se le quedó pequeño a Mads Mikkelsen, gran danés que empezaba a sonarnos como secundario (El rey Arturo) tras intuirle en algún filme Dogma (Te quiero para siempre), y que al poco protagonizó la nominada al Oscar Después de la boda para consagrarse mundialmente (mejor actor en Cannes) en 2012 con La caza, antes de meterse en todas las franquicias posibles, de Star Wars (Rogue One) al universo Harry Potter (será Grindelwald en Animales fantásticos 3) pasando por Marvel (Doctor Strange). Era 2006 cuando me tocó entrevistarle en la promoción de aquel reboot del agente de Su Majestad y su presencia ya se adivinaba rotunda, llena de futuro. Fue allí cuando le pregunté por su papel (2003) en Torremolinos 73, la película que todos (los que ahora nos jactamos de tener tan buen gusto) vimos sin reparar en su talento.

2 REPÓKER. Del segundo Casino Royale, decepcionaba el rocoso cara a cara entre Craig y Mikkelsen en una partida de póker, no tanto por la intensidad de ambos jugadores, sino por su soso desarrollo con los naipes. Con El golpe y El rey del juego, e incluso Rounders, en mente, un filme con un casino en el título merecía más envites. De aquella interviú me sorprendieron dos cosas: primero, que me acabase contando lo mal que se habían llevado Sellers y Welles en el rodaje de la primera (“con James Bond, mejor llevarse bien”, dijo entre risas, sobre lo suyo con Craig): al parecer, Sellers, un tipo francamente insoportable, no estaba de acuerdo con el perfil cómico de la película, quería ser un Bond serio como en la novela de Fleming, y se buscó guionista propio. Además, no pudo soportar que en una visita al rodaje de la princesa Margarita (a la que consideraba amiga), su alteza solo tuviera ojos para el maestro Welles. Segunda sorpresa: lo bien que me habló de su rodaje en la Costa del Sol; nada de sangría, paella (o espetos) y fiesta, destacó educadamente la buena pinta de la película, aunque me pareció que nunca la había visto terminada. Convertido en estrella internacional del porno en el filme de Pablo Berger, a las órdenes de un improbable director de cine erótico encarnado por Javier Cámara, en su escena cumbre, practicando la cara de póker que luego usaría en Casino Royale, Mikkelsen le decía a Candela Peña en castellano de Copenhague: “Señorita, usted me recuerda a las bellezas griegas”.

3 CELEBRACIÓN. ¿A qué limbo van los premios de este año? De los Globos de Oro, dominados por las series, a unos Goya con el peor dato de audiencia histórico, salvados por Antonio Banderas, pasando por las alfombras rojas recogidas de los festivales de cine del mundo, las grandes celebraciones del cine siguen contenidas y con sordina. El presente, este abril que empieza a dejar unos cuantos estrenos interesantes y unos Oscar de perfil bajo, nos mantiene a la espera, con algo de luz al final de este túnel larguísimo de más de un año que nos obliga a celebrarlo todo con el freno de mano y la esperanza puesta en las vacunas. Entregados a la melopea cautivadora y a la peliaguda reflexión de Otra ronda, la película por la que merece la pena regresar a las salas de cine si no lo hemos podido hacer ya, nos gustaría ofrecer un brindis que no fuese figurado ni al sol. Adictos como Mads Mikkelsen en el filme de Thomas Vinterberg, nuestro enganche son las películas. E igual que Peter Mullan cambia el alcohol por unas camisetas de Brasil en Mi nombre es Joe, nosotros convertimos esas rondas perdidas en las películas que sí podemos disfrutar. Nuestro nombre es CINEMANÍA y somos adictos al cine.

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